domingo, 4 de octubre de 2026

El crimen de Cuenca: una película que nos obliga a pensar



Hay películas que cuentan una historia y otras que, además, nos obligan a pensar. El crimen de Cuenca, dirigida por Pilar Miró y rodada en 1979, pertenece claramente a este segundo grupo.

La película está basada en un caso real ocurrido a comienzos del siglo XX y muestra cómo una acusación sin pruebas concluyentes terminó provocando una enorme injusticia. Pero la historia de El crimen de Cuenca no termina en lo que vemos en pantalla: la propia película tuvo que enfrentarse a una gran polémica antes de poder llegar a los cines españoles.

Una desaparición que terminó en una acusación

La historia comienza en 1913, cuando José María Grimaldos, conocido como «El Cepa», desaparece de su localidad, Osa de la Vega, en la provincia de Cuenca.

Dos vecinos, Gregorio Valero Contreras y León Sánchez Gascón, fueron acusados de haberlo asesinado. Sin embargo, no existían pruebas concluyentes que demostraran que hubieran cometido el crimen.

Ambos terminaron confesando después de sufrir torturas y posteriormente fueron juzgados. La Audiencia Provincial de Cuenca los condenó a dieciocho años de prisión.

El problema era que el supuesto muerto no estaba muerto.

Años después, José María Grimaldos apareció con vida. El caso que había comenzado como una desaparición se había convertido en uno de los ejemplos más conocidos de error judicial de la historia española.

Pilar Miró lleva la historia al cine

Décadas después, la directora Pilar Miró decidió llevar aquellos hechos al cine.

La película fue escrita por Lola Salvador Maldonado y Pilar Miró, a partir de una idea de Juan Antonio Porto. El reparto contó con actores como Amparo Soler Leal, Héctor Alterio, Daniel Dicenta, José Manuel Cervino, Mary Carrillo y Fernando Rey.

Miró no quiso convertir la historia simplemente en una película de misterio sobre una desaparición. El verdadero interés estaba en mostrar cómo una investigación puede terminar alejándose de la verdad cuando las autoridades y el entorno social parten de una conclusión y buscan que los hechos encajen en ella.

Una película que también tuvo problemas fuera de la pantalla

La historia de El crimen de Cuenca no terminó cuando acabó el rodaje.

La película fue realizada en 1979, pero tuvo enormes dificultades para estrenarse. Aunque la censura cinematográfica había desaparecido oficialmente en España en 1977, la película fue prohibida poco antes de su estreno y sus responsables se enfrentaron posteriormente a un proceso militar relacionado con la representación de las torturas y con las acusaciones hacia la Guardia Civil.

Finalmente, el 26 de junio de 1981 obtuvo la autorización de estreno en España.

Todo esto convirtió a El crimen de Cuenca en mucho más que una película basada en hechos reales. Su propia historia durante la Transición española también forma parte del interés de la obra.

Una historia sobre la importancia de las pruebas

Uno de los aspectos que más hace pensar de la película es la importancia de no confundir una sospecha con una certeza.

Cuando desaparece una persona, es comprensible que familiares, vecinos e investigadores quieran encontrar rápidamente una explicación. Pero una acusación puede tener consecuencias enormes, especialmente cuando se dirige contra personas cuya culpabilidad no ha sido demostrada.

El caso de Gregorio Valero y León Sánchez demuestra hasta dónde puede llegar una injusticia cuando una investigación abandona la búsqueda objetiva de la verdad.

Por eso, la presunción de inocencia y la necesidad de contar con pruebas son elementos fundamentales de cualquier sistema de justicia.

Una película incómoda, pero necesaria

Ver El crimen de Cuenca no resulta fácil. Es una película dura e incómoda por los hechos que representa. Pero precisamente esa incomodidad forma parte de su fuerza.

Pilar Miró presenta una situación que obliga al espectador a preguntarse qué puede ocurrir cuando el poder, la presión social y una investigación mal encaminada terminan pesando más que las pruebas.

Además, la película permite recordar que el cine puede cumplir una función importante: rescatar historias que forman parte de nuestra memoria y abrir debates sobre problemas que siguen siendo relevantes.

Mi opinión sobre la película

Personalmente, cuando vi El crimen de Cuenca me pareció una película algo lenta. Reconozco su importancia histórica y considero interesante la historia que cuenta, pero, en mi caso particular, no puedo decir que me haya gustado especialmente como película.

Esto no significa que sea una mala película. Al contrario, entiendo perfectamente que otras personas puedan disfrutarla mucho más y valorar especialmente su forma de contar los hechos y el momento histórico que representa.

Creo que también es importante diferenciar entre reconocer el valor de una película y decir que nos ha gustado personalmente.

El cine es subjetivo. Una película puede parecernos importante, estar bien realizada y contar una historia interesante, y aun así no conseguir que disfrutemos especialmente de ella.

Una película que sigue dando que pensar

Aunque El crimen de Cuenca fue rodada hace más de cuatro décadas y cuenta unos hechos ocurridos a principios del siglo XX, algunas de las preguntas que plantea siguen siendo importantes.

¿Qué ocurre cuando una persona es acusada injustamente? ¿Qué responsabilidad tienen quienes investigan un delito? ¿Cómo puede repararse una injusticia cuando una persona ya ha sufrido sus consecuencias?

No todas las películas tienen que entretenernos de la misma manera. Algunas también pueden incomodarnos, hacernos reflexionar y recordarnos la importancia de aprender de los errores del pasado.

En mi caso, El crimen de Cuenca no se encuentra entre las películas que más he disfrutado, pero sí considero que es una película histórica interesante por la historia que cuenta y por todo lo que ocurrió alrededor de su estreno.

Y quizá ese sea también uno de los valores del cine: conseguir que, incluso cuando una película no termina de convencernos personalmente, su historia nos deje algo sobre lo que pensar.

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