Con el comienzo de un nuevo curso escolar aparece también una preocupación que, desgraciadamente, sigue estando presente en muchos centros educativos: el acoso escolar.
A pesar de que cada vez existe una mayor conciencia sobre este problema, todavía hay niños y adolescentes que insultan, humillan, excluyen o hacen daño de manera repetida a otros compañeros.
No podemos considerar el acoso escolar como una simple pelea entre niños o como algo que forma parte de crecer. Cuando un alumno sufre de manera continuada las burlas, amenazas, humillaciones o agresiones de otros compañeros, estamos ante una situación que necesita la atención de los adultos.
¿Por qué un niño acosa a otro?
Esta es una pregunta difícil.
Existen diferentes razones por las que un menor puede comenzar a acosar a un compañero. Puede buscar reconocimiento dentro del grupo, intentar sentirse superior, querer llamar la atención o actuar por presión de otros compañeros.
También puede haber aprendido determinados comportamientos en su entorno o tener dificultades para gestionar la frustración, la ira o los conflictos.
Pero entender las posibles causas no significa justificar el acoso.
Hacer daño a otra persona sigue estando mal, independientemente de las razones que pueda haber detrás.
Por eso, cuando aparece un caso de acoso escolar, es necesario intervenir y, al mismo tiempo, intentar comprender qué está ocurriendo con todos los implicados.
Los valores también se educan
Desde mi punto de vista, una parte fundamental de la prevención está en la educación en valores.
Un niño tiene que aprender que los demás merecen respeto, que no debemos humillar a una persona por ser diferente y que ayudar a un compañero no nos hace inferiores.
Pero los valores no se aprenden únicamente mediante discursos.
Los niños observan constantemente a los adultos. Aprenden de cómo hablan sus padres, de cómo los profesores resuelven los conflictos y de cómo las personas que tienen alrededor tratan a los demás.
Por eso, enseñar respeto, empatía, solidaridad y responsabilidad requiere también dar ejemplo.
No todos los niños son iguales
A veces escuchamos afirmaciones como que los niños de hoy ya no tienen valores.
Yo creo que es más complicado.
Hay niños que pueden comportarse mal y hacer daño a otros compañeros, pero también hay muchos niños y adolescentes que ayudan, defienden a quienes lo necesitan, se preocupan por sus compañeros y rechazan las injusticias.
No deberíamos meter a todos en el mismo saco.
Lo que sí debemos hacer es preguntarnos cómo podemos conseguir que esos valores estén cada vez más presentes en nuestras aulas, familias y espacios de convivencia.
El papel de padres y profesores
Cuando existe un problema de acoso escolar, los adultos tienen una responsabilidad importante.
Los profesores deben estar atentos a cambios de comportamiento, aislamiento, conflictos repetidos o situaciones que puedan indicar que un alumno está sufriendo.
Los padres también pueden detectar señales en casa. Un niño que cambia repentinamente su comportamiento, no quiere ir al colegio, se muestra preocupado o deja de relacionarse con sus amigos puede estar atravesando una situación que necesita ser escuchada.
Y también hay que trabajar con el menor que está acosando.
No basta con decirle que lo que hace está mal. Hay que establecer límites claros y ayudarle a comprender las consecuencias de sus actos, trabajar la empatía y enseñarle otras maneras de relacionarse con los demás.
Todos tenemos un papel
El acoso escolar no es solamente un problema entre quien agrede y quien sufre.
También influye el resto de la clase.
Los compañeros que observan las burlas, las risas o las humillaciones pueden contribuir a que el comportamiento continúe o, por el contrario, pueden ayudar a frenarlo avisando a un adulto y apoyando al compañero que está sufriendo.
Por eso es importante enseñar a los niños que quedarse callado ante una situación de acoso no es la única opción.
Pedir ayuda no es ser un chivato. Es actuar cuando alguien está sufriendo.
Educar para no hacer daño
No todos los niños tienen las mismas circunstancias, la misma educación ni las mismas dificultades. Algunos necesitan más ayuda que otros para aprender a gestionar sus emociones y relacionarse.
Pero todos pueden aprender algo fundamental: nuestros actos tienen consecuencias sobre los demás.
Educar en valores no significa intentar conseguir que todos los niños sean perfectos. Significa enseñarles que pueden equivocarse, aprender, pedir perdón, cambiar una conducta y tratar a los demás con respeto.
El acoso escolar no desaparece solamente con castigos. Necesitamos prevención, educación, intervención y coordinación entre familias y centros educativos.
Porque detrás de cada niño que sufre acoso hay una persona que merece sentirse segura en su colegio.
Y detrás de cada niño que hace daño también hay un menor que necesita aprender que la fuerza, la popularidad o la pertenencia a un grupo nunca deberían conseguirse a costa del sufrimiento de otra persona.
Educar en valores no garantiza que nunca exista un conflicto, pero puede ayudarnos a construir una convivencia en la que hacer daño a los demás no sea considerado normal.