Hay personas que intentan hacer el bien a los demás durante toda su vida y, sin embargo, terminan llevándose muchos golpes. No hablo solamente de los grandes problemas de la vida. A veces son pequeños desprecios, decepciones, injusticias o situaciones en las que uno siente que ha dado mucho y ha recibido muy poco a cambio.
Y entonces aparece una pregunta difícil: ¿vale la pena seguir siendo buena persona?
Me lo he preguntado muchas veces.
Uno puede intentar ayudar, tener paciencia, comprender a los demás y tratar de no hacer daño. Pero llega un momento en el que el cansancio aparece. Después de recibir demasiados palos, uno puede pensar que quizá ha sido demasiado ingenuo, que debería haber puesto más límites o que tendría que haber aprendido a decir que no.
Porque ser buena persona no debería significar permitir que los demás se aprovechen de nosotros.
Ser bueno no significa ser tonto
Durante mucho tiempo quizá hemos confundido ser una buena persona con estar siempre disponibles para los demás.
Pero son cosas diferentes.
Se puede ayudar sin olvidarse de uno mismo. Se puede ser generoso y aprender a poner límites. Se puede perdonar y, al mismo tiempo, decidir que determinadas situaciones no queremos volver a vivirlas.
Ser buena persona no obliga a soportarlo todo.
Tampoco significa tener que aceptar que alguien nos trate mal simplemente porque nosotros intentamos tratar bien a los demás.
Quizá una de las cosas más difíciles de aprender en la vida sea precisamente esa: cuidar de los demás sin dejar de cuidarnos a nosotros mismos.
La vida no siempre recompensa inmediatamente
A veces parece que las personas que actúan mal consiguen más fácilmente lo que quieren.
Mientras uno intenta hacer las cosas correctamente, otros pueden aprovecharse, engañar o pensar únicamente en su propio beneficio.
Pero comparar constantemente nuestra vida con la de quienes nos rodean puede terminar haciéndonos todavía más infelices.
La bondad no debería convertirse en una especie de intercambio en el que esperamos recibir exactamente lo mismo que damos.
Eso no significa que tengamos que conformarnos con sufrir. Al contrario. También tenemos derecho a reclamar respeto, compañía, oportunidades y una vida en la que podamos sentirnos bien.
Todos necesitamos sentirnos escuchados
Con los años uno puede hacerse muchas preguntas sobre su propia vida.
¿Quién soy? ¿Estoy satisfecho con la vida que tengo? ¿Qué podría cambiar? ¿Qué cosas me gustaría haber hecho de otra manera?
Son preguntas que no siempre tienen una respuesta sencilla.
Y quizá tampoco tengamos que responderlas todas de golpe.
A veces lo primero que necesitamos es poder expresar lo que llevamos dentro y encontrar a alguien que nos escuche de verdad.
En mi caso, escribir siempre ha sido una manera de hacerlo.
No soy escritor ni periodista. Este blog tampoco pretende ser una obra literaria. Es simplemente mi espacio para poner por escrito aquello que muchas veces no consigo expresar hablando.
Mi discapacidad afecta a mi lenguaje y eso hace que, en determinadas ocasiones, comunicar oralmente lo que pienso o siento resulte complicado.
Por eso las palabras escritas tienen para mí un significado especial.
Este blog es mi manera de hablar
Quizá algunas personas piensen que escribo mal. Quizá otras consideren que mis artículos son sencillos o que este blog tiene pocos lectores.
Pero cada artículo que publico tiene algo que para mí es importante: es una parte de lo que quiero comunicar.
No necesito ser escritor para contar lo que siento.
No necesito tener miles de lectores para que mis palabras tengan valor.
A veces escribir unas líneas y sacar fuera aquello que llevamos dentro ya es importante.
Y quizá alguien que lea este artículo se haya sentido alguna vez de una manera parecida. Quizá también haya pensado que ha dado demasiado por los demás o que nadie se ha dado cuenta de todo lo que ha hecho.
A esa persona le diría algo sencillo: ser buena persona no significa olvidarse de uno mismo.
Podemos seguir teniendo un buen corazón y, al mismo tiempo, aprender a protegerlo.
Podemos ayudar a los demás y también pedir ayuda cuando la necesitamos.
Podemos ser generosos y decir “hasta aquí” cuando una situación nos hace daño.
Después de tantos años, sigo pensando que no quiero convertirme en una mala persona solamente porque algunas personas no hayan sabido valorar mi forma de ser.
Pero también he aprendido algo: ser bueno con los demás empieza por aprender a ser justo con uno mismo.
Y quizá esa sea una de las lecciones que más cuesta aprender en la vida.