Nuestra infancia es una etapa que puede dejar una huella muy profunda en nuestra manera de ser. Durante esos primeros años aprendemos muchas cosas que van más allá de los conocimientos que adquirimos en el colegio. Aprendemos cómo relacionarnos con los demás, cómo expresar nuestras emociones, cómo afrontar los problemas y, en cierta medida, cómo vemos el mundo que nos rodea.
Por eso no es extraño que, cuando somos adultos, encontremos comportamientos, costumbres o formas de reaccionar que tienen su origen en experiencias que vivimos muchos años atrás.
Desde mi punto de vista, la personalidad empieza a construirse desde pequeños. El carácter y el temperamento tienen una parte relacionada con nuestras propias características, pero las experiencias que vivimos también van dejando su huella.
La importancia de cómo nos trataron
La manera en que nos trataron durante nuestra infancia puede influir en nuestra forma de relacionarnos con otras personas.
Un niño que se siente querido, escuchado y respetado puede aprender que expresar sus sentimientos es algo normal y que puede confiar en las personas que tiene a su alrededor.
En cambio, crecer en un ambiente de constantes críticas, inseguridad o falta de atención puede hacer que una persona aprenda a protegerse de determinadas maneras.
Esto no significa que todas las personas que hayan vivido una determinada experiencia vayan a reaccionar de la misma forma. Cada persona es diferente. Pero las experiencias infantiles pueden convertirse en parte de nuestra historia y tener influencia muchos años después.
También nos marcan las experiencias positivas
Cuando hablamos de la influencia de la infancia, muchas veces pensamos únicamente en las experiencias negativas.
Sin embargo, también existen experiencias positivas que pueden acompañarnos durante toda la vida.
Un profesor que confió en nosotros cuando éramos pequeños, una amistad importante, practicar un deporte que nos apasionaba, aprender una habilidad, recibir el apoyo de nuestra familia o sentir que alguien creía en nosotros pueden convertirse en recuerdos que influyen en nuestra manera de vernos.
A veces una sola persona puede dejar una huella enorme en nuestra vida.
Quizá aquel profesor que nos animó cuando pensábamos que no éramos capaces no sabía en aquel momento la importancia que tendrían sus palabras muchos años después.
Lo que aprendemos sobre las emociones
Durante la infancia también aprendemos, en buena medida, qué hacemos con nuestras emociones.
Los niños observan constantemente a los adultos.
Si en una familia se habla de los problemas, se escucha a los demás y se buscan soluciones, el niño puede aprender que las dificultades se pueden afrontar hablando.
Si, por el contrario, las emociones nunca se expresan o determinados sentimientos son rechazados, puede aprender que es mejor guardárselos.
Por eso la educación emocional durante la infancia resulta tan importante.
No solamente enseñamos a los niños cuando les explicamos algo. También les enseñamos con nuestra manera de comportarnos.
¿La infancia determina nuestro futuro?
Aquí aparece una cuestión importante.
Que nuestra infancia influya en nuestra personalidad no significa que determine completamente quién vamos a ser de adultos.
A lo largo de la vida seguimos viviendo nuevas experiencias, conocemos personas diferentes, afrontamos dificultades, aprendemos y cambiamos.
Una persona que de pequeña era muy tímida puede desarrollar con los años una mayor seguridad. Alguien que tenía muchas dificultades para expresar sus emociones puede aprender a comunicarlas mejor.
Incluso podemos descubrir que algunos comportamientos que considerábamos parte de nuestra personalidad eran simplemente formas de reaccionar que habíamos aprendido durante nuestra infancia.
Por eso no deberíamos pensar que estamos condenados a repetir para siempre aquello que aprendimos cuando éramos niños.
Nuestra historia forma parte de nosotros
La infancia no es toda nuestra vida, pero sí forma parte de nuestra historia.
Las experiencias de esos primeros años pueden influir en nuestra forma de pensar, de relacionarnos y de enfrentarnos a determinadas situaciones. Algunas de esas huellas pueden acompañarnos durante mucho tiempo.
Pero también tenemos la posibilidad de aprender cosas nuevas.
Quizá por eso resulte más acertado decir que nuestra infancia ayuda a explicar quiénes somos, pero no tiene por qué decidir quién seremos.
Todos llevamos una historia detrás. Algunas personas han tenido una infancia feliz, otras han vivido momentos difíciles y muchas han experimentado una mezcla de ambas cosas.
No podemos cambiar lo que ocurrió cuando éramos niños.
Pero sí podemos intentar comprender cómo nos ha influido y decidir qué queremos conservar de aquella etapa y qué aspectos queremos cambiar.
Porque nuestra personalidad puede comenzar a construirse en la infancia, pero la vida continúa escribiendo nuestra historia mucho después de dejar de ser niños.