sábado, 12 de septiembre de 2026

Trastornos del aprendizaje: cuando aprender no es igual para todos



Una reflexión sobre la importancia de comprender y apoyar a los niños que aprenden de forma diferente dentro del sistema educativo

Cuando hablamos de educación, a menudo damos por hecho que todos los niños aprenden de la misma manera, al mismo ritmo y con las mismas facilidades. Sin embargo, la realidad en las aulas es mucho más compleja. Existen alumnos que, a pesar de tener una inteligencia normal o incluso superior a la media, encuentran grandes dificultades para leer, escribir, calcular o mantener la atención.

A estas dificultades se les conoce como trastornos del aprendizaje, y entenderlos bien es fundamental si queremos construir una educación más justa y realmente inclusiva.

Desde mi punto de vista, uno de los errores más frecuentes en la sociedad es confundir rendimiento escolar con capacidad intelectual. No siempre un mal resultado académico significa falta de capacidad. A veces significa, simplemente, que el cerebro procesa la información de una forma distinta.

Cuando aprender se convierte en un esfuerzo invisible

Los trastornos del aprendizaje afectan a habilidades básicas como la lectura, la escritura o el cálculo matemático. No tienen relación directa con la inteligencia, pero sí influyen de forma importante en el rendimiento escolar y en la autoestima del alumno.

Entre los más conocidos encontramos la dislexia, la discalculia, la disgrafía y el TDAH. Cada uno tiene características distintas, pero todos comparten algo en común: pueden hacer que el proceso de aprendizaje sea mucho más difícil de lo habitual.

La dislexia, por ejemplo, dificulta la lectura fluida y la comprensión de textos. La discalculia afecta a la comprensión de los números y las operaciones matemáticas. La disgrafía se manifiesta en la escritura, que puede resultar desordenada o muy costosa. Y el TDAH, aunque no es exclusivamente un trastorno del aprendizaje, influye directamente en la atención, la organización y el control de impulsos.

Lo importante aquí no es solo el diagnóstico, sino la comprensión.

Una realidad que muchas veces pasa desapercibida

En muchas ocasiones, estos trastornos no se detectan de inmediato. El alumno puede pasar años siendo etiquetado como “distraído”, “vago” o “poco aplicado”, cuando en realidad está haciendo un esfuerzo mucho mayor que el resto para conseguir resultados similares.

Esto genera una situación injusta que puede afectar a su motivación, su autoestima y su relación con el aprendizaje.

Por eso creo que es fundamental cambiar la mirada. No se trata de exigir menos, sino de entender mejor.

Cómo se detectan y por qué es tan importante hacerlo a tiempo

Normalmente, son los profesores quienes empiezan a observar señales en el aula. Dificultades persistentes, errores repetidos o problemas de atención pueden ser indicios de que algo más está ocurriendo.

Cuando esto sucede, lo adecuado es realizar una evaluación especializada para entender el origen del problema y poder actuar de forma adecuada.

Cuanto antes se detecta, más fácil es ayudar al alumno a desarrollar estrategias que le permitan aprender con mayor seguridad.

Estrategias que pueden marcar la diferencia

El apoyo a los alumnos con trastornos del aprendizaje no depende de una única solución, sino de un conjunto de adaptaciones tanto en casa como en el aula. Algunas de las más habituales son:

  • Uso de materiales visuales y esquemas
  • Más tiempo en exámenes o tareas
  • Lectura en voz alta compartida
  • Apoyo con objetos físicos en matemáticas
  • Uso de teclado en lugar de escritura manual cuando es necesario
  • Instrucciones cortas y claras paso a paso
  • Rutinas estructuradas para mejorar la atención
  • Refuerzo positivo constante

Estas medidas no buscan rebajar el nivel educativo, sino adaptarlo para que todos los alumnos tengan las mismas oportunidades reales de aprendizaje.

El papel de la familia y la escuela

Uno de los aspectos más importantes en estos casos es la colaboración entre la familia y la escuela. Cuando ambos entornos trabajan juntos, los avances son mucho más significativos.

En casa, la paciencia y la comprensión son fundamentales. En el aula, la adaptación y la flexibilidad marcan la diferencia.

Pero más allá de las técnicas o estrategias, creo que lo más importante es el acompañamiento emocional. Un niño que se siente comprendido aprende mejor que uno que se siente juzgado.

Una reflexión necesaria

Los trastornos del aprendizaje nos obligan a replantearnos cómo entendemos la educación. No todos los niños aprenden igual, y eso no debería verse como un problema, sino como una realidad que debemos integrar.

Quizá el verdadero reto no es solo mejorar los métodos de enseñanza, sino también cambiar la forma en la que valoramos el aprendizaje.

Porque aprender no debería ser una carrera donde todos corren igual, sino un camino donde cada uno pueda avanzar con sus propias herramientas.

Y en ese camino, comprender las diferencias no es una opción, sino una necesidad.

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viernes, 11 de septiembre de 2026

La procrastinación: por qué dejamos las cosas para mañana y cómo evitarlo

 


Un hábito más común de lo que parece

¿Quién no ha dejado alguna vez una tarea para más tarde? Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos pospuesto alguna obligación. Sin embargo, cuando este comportamiento se convierte en una costumbre y empieza a afectar a nuestros estudios, trabajo o vida personal, hablamos de procrastinación.

La procrastinación consiste en retrasar tareas importantes y sustituirlas por actividades más agradables o menos exigentes. Muchas personas creen que procrastinar es simplemente una cuestión de pereza, pero en realidad suele haber factores psicológicos detrás de este comportamiento.

En la actualidad, las redes sociales, los teléfonos móviles y el entretenimiento digital hacen que sea más fácil distraerse y dejar para después aquello que deberíamos hacer hoy.

¿Por qué procrastinamos?

Existen diferentes motivos que pueden llevar a una persona a procrastinar.

Miedo al fracaso

Una de las causas más frecuentes es el miedo a equivocarse. Cuando una tarea parece complicada o existe la posibilidad de cometer errores, algunas personas prefieren evitarla temporalmente para reducir la ansiedad que les provoca.

Sin embargo, este alivio suele ser momentáneo, ya que la preocupación vuelve a aparecer cuando se acerca la fecha límite.

Falta de motivación

También es habitual procrastinar cuando una actividad no resulta interesante o cuando sus beneficios parecen muy lejanos.

Por ejemplo, estudiar para un examen dentro de varias semanas puede parecer menos atractivo que ver una serie o navegar por redes sociales.

Perfeccionismo

Aunque parezca contradictorio, algunas personas procrastinan porque quieren hacerlo todo perfecto.

Esperan encontrar el momento ideal, tener la inspiración adecuada o disponer de más tiempo para realizar la tarea de forma impecable. Como consecuencia, terminan retrasando continuamente su inicio.

Distracciones constantes

Las nuevas tecnologías han aumentado las posibilidades de distracción.

Las redes sociales, los vídeos cortos, los videojuegos o las plataformas de entretenimiento ofrecen recompensas inmediatas y pueden resultar mucho más atractivas que las obligaciones cotidianas.

Señales de que puedes estar procrastinando

La procrastinación puede manifestarse de diferentes formas.

Algunas señales frecuentes son:

  • Dejar las tareas para el último momento.
  • Buscar excusas para no empezar.
  • Dedicar mucho tiempo a actividades secundarias.
  • Sentir culpa o estrés por no haber avanzado.
  • Tener dificultades para cumplir plazos.
  • Empezar muchas tareas y terminar pocas.
  • Esperar siempre al "momento perfecto" para actuar.

Es importante distinguir entre procrastinar y simplemente no disponer de tiempo. Una persona que procrastina suele tener tiempo para empezar la tarea, pero decide retrasarla aunque sepa que le perjudica.

Consecuencias de la procrastinación

Posponer tareas puede parecer una solución temporal, pero a largo plazo suele generar problemas.

Entre las consecuencias más habituales encontramos:

Mayor estrés

Cuanto más se retrasa una tarea, menos tiempo queda para realizarla, lo que aumenta la presión y la ansiedad.

Peor rendimiento

Trabajar con prisas suele afectar a la calidad del trabajo realizado, tanto en el ámbito académico como profesional.

Sensación de culpa

Muchas personas experimentan frustración al comprobar que siguen posponiendo actividades importantes.

Menor autoestima

Cuando la procrastinación se vuelve habitual, algunas personas empiezan a dudar de sus propias capacidades para organizarse o alcanzar sus objetivos.

Cómo combatir la procrastinación

Aunque eliminar este hábito por completo puede resultar difícil, existen estrategias que ayudan a reducirlo.

Dividir las tareas

Las tareas grandes pueden parecer abrumadoras. Dividirlas en pequeños pasos facilita comenzar.

Establecer objetivos concretos

Es más fácil actuar cuando sabemos exactamente qué debemos hacer.

Reducir las distracciones

Apagar notificaciones, alejar el teléfono móvil o trabajar en un entorno tranquilo puede mejorar la concentración.

Utilizar técnicas de gestión del tiempo

Métodos como la técnica Pomodoro permiten alternar periodos de trabajo y descanso para mantener la productividad.

Aceptar la imperfección

Esperar a que todo sea perfecto suele retrasar la acción. En muchas ocasiones es mejor avanzar poco a poco que no empezar nunca.

Conclusión

La procrastinación es un comportamiento muy común que afecta a personas de todas las edades. Aunque puede parecer inofensiva, cuando se convierte en una costumbre puede generar estrés, ansiedad y dificultades para alcanzar objetivos personales o profesionales.

Comprender sus causas y aplicar estrategias sencillas puede ayudar a gestionar mejor el tiempo y aumentar la productividad. Al fin y al cabo, muchas veces el paso más difícil no es terminar una tarea, sino empezar a hacerla.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Cómo Afecta el Divorcio a los Hijos: Claves para Proteger su Bienestar Emocional

 


El impacto del divorcio en los hijos

El divorcio es una situación cada vez más común en muchas sociedades. Cuando una pareja decide separarse, no solo cambia la vida de los adultos, sino también la de los hijos. Los hijos de padres divorciados son niños o jóvenes cuyos padres han decidido terminar su relación y vivir separados, lo que puede generar cambios importantes en su entorno familiar y emocional.

Es importante entender que cada niño reacciona de manera diferente. Algunos se adaptan con relativa facilidad, mientras que otros pueden experimentar dificultades emocionales o conductuales. En gran medida, el impacto del divorcio depende de cómo los padres gestionan la separación y del ambiente que logren mantener después de ella.

Posibles efectos emocionales en los hijos

Cuando los padres se separan, los niños pueden experimentar una variedad de emociones. Entre las más comunes se encuentran:

  • Tristeza o sensación de pérdida, al ver que la familia ya no vive junta como antes.
  • Confusión o miedo, especialmente si no entienden bien lo que está ocurriendo.
  • Sentimientos de culpa, pensando que ellos provocaron la separación.
  • Enojo hacia uno o ambos padres, especialmente si perciben discusiones o conflictos.

Estas emociones son normales y forman parte del proceso de adaptación. Lo importante es que los niños puedan expresar lo que sienten y recibir apoyo emocional.

Cambios en el comportamiento

Además de los efectos emocionales, algunos niños pueden mostrar cambios en su comportamiento, como:

  • Problemas de concentración o rendimiento en la escuela.
  • Aislamiento social o dificultad para relacionarse con otros niños.
  • Actitudes rebeldes o cambios de humor frecuentes.

Estos comportamientos suelen ser una forma de expresar emociones que aún no saben cómo manejar. Por ello, la comprensión y la paciencia de los padres resultan fundamentales.

Cuando el divorcio se maneja de forma positiva

Aunque el divorcio puede ser difícil, no siempre tiene consecuencias negativas a largo plazo. Cuando los padres logran mantener una relación respetuosa y cooperativa, los hijos pueden adaptarse bien a la nueva situación.

De hecho, algunos niños desarrollan habilidades importantes como:

  • Mayor capacidad de adaptación a los cambios.
  • Habilidades para resolver conflictos.
  • Relaciones saludables con ambos padres.

Diversos estudios señalan que lo que más afecta a los hijos no es el divorcio en sí, sino el nivel de conflicto entre los padres. Cuando las discusiones continúan después de la separación, el impacto emocional en los niños suele ser mayor.

Consejos para ayudar a los hijos a adaptarse

Los padres pueden tomar varias medidas para facilitar la adaptación de sus hijos a la nueva situación familiar:

1. No hablar mal del otro padre
Evitar críticas o insultos delante de los hijos. Los niños necesitan sentir que pueden querer a ambos padres sin sentirse culpables.

2. No poner a los hijos en medio del conflicto
No utilizarlos como mensajeros ni pedirles que tomen partido. Los problemas de adultos deben resolverse entre adultos.

3. Mantener rutinas estables
Los niños se sienten más seguros cuando mantienen horarios, actividades y reglas similares en ambos hogares.

4. Escuchar sus emociones
Es importante permitir que expresen tristeza, enojo o confusión. Frases como “Entiendo que esto es difícil para ti” o “No es tu culpa que nos hayamos separado” pueden ayudar mucho.

5. Recordarles que siguen siendo queridos
Los hijos deben saber que el amor de sus padres no cambia con el divorcio.

6. Cooperar como equipo parental
Aunque la pareja haya terminado, los padres siguen compartiendo responsabilidades en aspectos como educación, salud o disciplina.

Errores comunes que conviene evitar

En momentos de tensión emocional, algunos padres cometen errores sin darse cuenta:

  • Hablar negativamente del otro progenitor.
  • Interrogar a los hijos sobre la vida del otro padre.
  • Competir por el cariño del niño mediante regalos o permisividad excesiva.
  • Contarles detalles de los problemas de pareja.

Estas situaciones pueden generar presión emocional en los hijos y dificultar su adaptación.

Conclusión

El divorcio es un proceso complejo que puede afectar a los hijos, pero no determina necesariamente su bienestar futuro. Cuando los padres logran mantener respeto, cooperación y estabilidad, los niños pueden adaptarse y continuar desarrollándose de manera saludable.

La clave está en recordar que, aunque la relación de pareja termine, la responsabilidad como padres continúa. Ofrecer apoyo emocional, estabilidad y amor constante es fundamental para que los hijos puedan afrontar el cambio con seguridad y confianza.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Por qué nos importa tanto que los demás nos acepten?

 


Somos seres sociales. Necesitamos relacionarnos con otras personas, sentirnos queridos, escuchados y formar parte de algún grupo. Desde que somos pequeños buscamos la compañía de los demás y aprendemos muchas cosas a través de nuestras relaciones.

Pero hay una diferencia importante entre querer sentirnos aceptados y pensar que necesitamos gustarle a todo el mundo.

Querer que los demás nos acepten es completamente humano. El problema aparece cuando nuestra autoestima empieza a depender demasiado de la opinión, el reconocimiento o el apoyo de otras personas.

¿De dónde viene esa necesidad?

Una de las razones tiene que ver con nuestra necesidad de pertenencia. Durante gran parte de la historia humana, formar parte de un grupo estaba relacionado con la protección, la cooperación y la supervivencia. Aunque nuestra sociedad haya cambiado muchísimo, seguimos teniendo una fuerte necesidad de conexión con otras personas.

La conexión social también influye en nuestro bienestar. La Organización Mundial de la Salud señala que las relaciones sociales y el apoyo que recibimos de ellas son importantes para nuestra salud física y mental.

También existe una dimensión emocional.

Sentir que alguien nos acepta puede transmitirnos algo parecido a:

«Estoy a salvo aquí. Puedo ser yo mismo.»

Especialmente mientras crecemos, vamos descubriendo quiénes somos también a través de nuestras relaciones. Las opiniones de otras personas pueden ayudarnos a conocernos, pero no deberían convertirse en la única forma de definirnos.

La aprobación también puede influir en nuestra autoestima. Cuando recibimos cariño, reconocimiento o apoyo, podemos sentirnos más seguros. El problema aparece cuando necesitamos constantemente que otras personas nos confirmen que somos válidos.

Y entonces podemos entrar en un círculo complicado.

Cuando la aprobación se convierte en una necesidad

Imaginemos a una persona que está acostumbrada a recibir mucho apoyo de quienes la rodean. Cuando esas personas confían en ella, se siente capaz, segura y con ganas de seguir adelante.

Pero un día recibe una crítica, alguien no está de acuerdo con ella o siente que las personas que esperaba que la apoyaran no lo hacen.

Puede empezar a pensar:

«No soy suficiente.»

«No confían en mí.»

«Quizá estoy haciendo todo mal.»

«Si ellos no creen en mí, ¿por qué debería creer yo?»

El problema no está en sentirse decepcionado por la falta de apoyo. Es completamente normal que nos afecte que alguien importante para nosotros no nos apoye.

El problema aparece cuando convertimos esa reacción en una conclusión sobre nuestro propio valor.

Que alguien no me apoye no significa que yo no valga.

Que una persona no esté de acuerdo conmigo no significa que esté haciendo todo mal. Que alguien me critique tampoco significa que todas mis decisiones sean incorrectas.

Podemos equivocarnos y seguir teniendo valor.

Podemos recibir críticas y seguir confiando en nosotros mismos.

Y podemos hacer algo importante aunque nadie esté aplaudiéndolo.

No podemos gustarle a todo el mundo

Hay una realidad que puede resultar difícil de aceptar: es imposible caerle bien a todas las personas.

Podemos ser amables, respetuosos, responsables y tener buenas intenciones y, aun así, habrá personas con las que no encajemos.

Y eso no significa necesariamente que haya algo malo en nosotros.

Las personas tenemos personalidades, valores, intereses y formas de pensar diferentes. Es normal que existan diferencias.

Por eso, quizá una pregunta más saludable que «¿qué tengo que hacer para que todos me acepten?» sea:

«¿Con qué personas puedo ser yo mismo y sentirme respetado?»

La diferencia entre ambas preguntas es enorme.

En la primera, intentamos modificar constantemente nuestra forma de ser para conseguir aprobación.

En la segunda, buscamos relaciones en las que podamos ser nosotros mismos sin tener que demostrar continuamente nuestro valor.

Cuando falta apoyo

La falta de apoyo puede resultar especialmente difícil cuando una persona ya tiene una autoestima baja o está pasando por una etapa complicada.

Sentirse solo, rechazado o incomprendido durante mucho tiempo puede afectar al bienestar emocional. La OMS señala que la soledad y la desconexión social están relacionadas con un mayor riesgo de problemas de salud mental, entre ellos la depresión y la ansiedad.

Pero esto no significa que una persona vaya a desarrollar depresión simplemente porque alguien no la haya apoyado.

La depresión es mucho más compleja. Puede aparecer por una combinación de factores sociales, psicológicos y biológicos, y no se puede diagnosticar simplemente porque alguien se sienta triste, rechazado o inseguro.

Un episodio depresivo implica síntomas persistentes que pueden incluir un estado de ánimo deprimido o pérdida de interés o placer durante buena parte del día y durante al menos dos semanas, además de otros posibles síntomas como cansancio, dificultades de concentración, alteraciones del sueño o sentimientos de baja autoestima.

Por eso es importante no convertir cualquier momento de tristeza o falta de apoyo en un diagnóstico.

Aprender a confiar también en nosotros mismos

Necesitar a otras personas no es algo malo.

De hecho, necesitamos a los demás. Necesitamos amigos, familiares, profesores, compañeros y personas con las que podamos hablar cuando tenemos un problema.

Pedir ayuda tampoco significa ser débil.

La cuestión está en que el apoyo de los demás sea eso: apoyo, y no la única fuente de nuestra seguridad.

Podemos escuchar una opinión sin dejar que esa opinión decida cuánto valemos.

Podemos aceptar una crítica sin pensar que somos un fracaso.

Podemos sentirnos decepcionados porque alguien no nos ha apoyado y, al mismo tiempo, continuar confiando en nosotros.

Y podemos buscar ayuda cuando realmente la necesitamos.

La aprobación no debería decidir cuánto valemos

Quizá una de las cosas más difíciles de aprender sea que nuestro valor no depende de cuántas personas nos quieran, nos aprueben o estén de acuerdo con nosotros.

Habrá momentos en los que recibiremos apoyo y otros en los que tendremos que seguir adelante aunque no encontremos todo el respaldo que esperábamos.

Eso no significa que tengamos que hacerlo todo solos. Significa aprender poco a poco a construir también una confianza interior.

Porque una cosa es pensar:

«Me gustaría que creyeran en mí.»

Y otra muy diferente:

«Si nadie cree en mí, entonces yo tampoco puedo creer en mí.»

La primera es una necesidad humana.

La segunda puede convertirse en una dependencia de la aprobación externa.

Por eso, quizá la verdadera madurez no consiste en dejar de necesitar a los demás, sino en aprender a relacionarnos con ellos sin perder nuestra propia identidad.

Querer ser aceptado es humano. Necesitar ser aceptado por absolutamente todo el mundo puede convertirse en una cárcel.

Y quizá una de las mayores libertades sea descubrir que podemos ser nosotros mismos, aceptar que no vamos a gustarle a todo el mundo y, aun así, seguir sabiendo que tenemos valor.

martes, 8 de septiembre de 2026

El primer CD Málaga en Primera: así fue el histórico debut en la máxima categoría

 


Hablar de la historia del Málaga CF es hablar también de un club que ha vivido diferentes etapas y denominaciones a lo largo de su historia. Una de las más importantes llegó en la temporada 1948-49, cuando el Club Deportivo Málaga consiguió por primera vez ascender a Primera División.

Aquel ascenso cambió para siempre la historia del fútbol malagueño. Por primera vez, el equipo de la ciudad iba a competir en la máxima categoría del fútbol español.

El primer ascenso a Primera

El CD Málaga consiguió su primer ascenso a Primera División en la temporada 1948-49. El ascenso quedó confirmado el 17 de abril de 1949, después de una temporada en la que el equipo terminó segundo de Segunda División, por detrás de la Real Sociedad.

El equipo estaba dirigido por Luis Urquiri y tenía como presidente a Manuel Navarro Nogueroles. El club venía trabajando para conseguir ese objetivo y finalmente logró alcanzar la máxima categoría.

Uno de los grandes protagonistas de aquella etapa fue Pedro Bazán, uno de los futbolistas más importantes de la historia del CD Málaga y máximo goleador histórico del club en sus diferentes denominaciones. El propio Málaga CF recuerda su extraordinaria trayectoria y sus numerosos goles con el equipo malagueño.

El ascenso significaba que la temporada siguiente, la 1949-50, sería la primera del CD Málaga en Primera División.

La plantilla del CD Málaga 1949-50

El equipo que afrontó aquella primera temporada en la máxima categoría estuvo formado por un grupo de futbolistas que ya forman parte de la historia del fútbol malagueño.

Entre ellos estaban los porteros López, Bellido y Acosta.

En defensa aparecían Arnau, González y Maciá, mientras que entre los jugadores de la zona media se encontraban Torres, Robles, Loli, Laborda, Beneyto, Elzo y Larrubia.

En ataque estaban Teo, Gamonal, Chao, Gimeno, Bazán y Azcue.

BDFutbol también registra a Sagrado, Lakatos, Nóbrega y Larrarte, aunque ninguno de ellos llegó a disputar minutos de Liga aquella temporada.

López, Arnau y González, los más utilizados

Si nos fijamos en las titularidades de aquella temporada, podemos comprobar quiénes fueron algunos de los jugadores más habituales.

Arnau y González fueron titulares en las 26 jornadas de Liga. También tuvieron una presencia muy importante López, titular en 25 partidos, y Torres, que salió de inicio en otros 25.

Robles fue titular en 24 encuentros y Maciá en 21.

En ataque, Gamonal fue titular en los 26 partidos, mientras que Chao lo hizo en 20 y Gimeno en 18.

Bazán, uno de los grandes nombres de la historia del club, fue titular en 17 encuentros.

Con estos datos podemos hacernos una idea del equipo que más habitualmente utilizó el CD Málaga durante aquella histórica campaña.

El debut en Primera

El primer partido del CD Málaga en Primera División llegó el 4 de septiembre de 1949 en La Rosaleda, frente al Valencia.

El encuentro terminó con victoria visitante por 1-2, aunque el CD Málaga comenzó de la mejor manera posible, ya que Gimeno marcó el primer gol del equipo en Primera División en el minuto 4.

Aquel día, el equipo formó con:

López; Arnau, González, Maciá; Teo, Robles, Laborda; Gamonal, Gimeno, Bazán y Azcue.

Ese once tiene un enorme valor histórico. Son los jugadores que tuvieron el honor de disputar el primer partido del CD Málaga en la máxima categoría.

La segunda jornada: visita al Atlético de Madrid

Una semana después, el CD Málaga visitó al Atlético de Madrid.

El partido se disputó el 11 de septiembre de 1949 y terminó con victoria del conjunto madrileño por 3-2.

El CD Málaga volvió a contar con muchos de los jugadores que habían participado en el debut: López, Arnau, González, Maciá, Torres, Robles, Laborda, Chao, Gimeno, Bazán y Gamonal.

Además, aquel encuentro dejó varios datos históricos. Gamonal y Bazán marcaron sus primeros goles en Primera División con el CD Málaga, mientras que Torres y Chao disputaron también su primer partido en la máxima categoría con el club.

Una temporada para hacer historia

El CD Málaga terminó aquella primera temporada en Primera División en duodécima posición, en una competición de 26 jornadas.

No fue una temporada sencilla para un equipo que acababa de llegar a la máxima categoría, pero el resultado más importante ya estaba conseguido: el fútbol malagueño había llegado a Primera.

Aquella plantilla fue la encargada de abrir un camino que muchos otros jugadores continuarían décadas después.

Nombres como López, Arnau, González, Maciá, Torres, Robles, Gamonal, Gimeno, Chao y, por supuesto, Pedro Bazán quedaron unidos para siempre a uno de los capítulos más importantes de la historia del fútbol malagueño.

El comienzo de una historia

Hoy puede resultar difícil imaginar lo que significó aquel ascenso. El CD Málaga no tenía detrás la estructura del actual Málaga CF y el fútbol de aquella época era muy diferente al actual.

Sin embargo, aquellos jugadores consiguieron algo que hasta entonces no se había logrado: llevar al equipo de Málaga a competir entre los mejores clubes de España.

El ascenso de 1949 y la temporada 1949-50 marcaron, por tanto, un antes y un después.

Fue el comienzo del CD Málaga en Primera División.

Y también fue el comienzo de una historia que, con diferentes generaciones, nombres y etapas, continúa formando parte de la memoria del fútbol malagueño.