La violencia de género continúa siendo una de las grandes preocupaciones de nuestra sociedad. Detrás de cada caso no hay solamente una víctima y un agresor: muchas veces hay hijos, familiares y personas cercanas que tienen que afrontar unas consecuencias que pueden acompañarlos durante muchos años.
Recientemente hemos conocido el caso de una pareja de 63 y 53 años que fue encontrada muerta en su domicilio. Según las primeras informaciones, todo apuntaría a un posible caso de violencia de género, en el que el hombre habría causado la muerte de la mujer y posteriormente habría muerto él. La investigación deberá determinar exactamente qué ocurrió.
Lo que sí sabemos es que detrás de una situación así hay una familia destrozada y tres hijos que han perdido a sus padres de una manera especialmente traumática. El menor tiene 17 años. Para ellos, las consecuencias psicológicas y emocionales pueden ser muy importantes y será fundamental que reciban apoyo profesional y familiar.
Pero ante situaciones como esta surge una pregunta difícil: ¿por qué se produce tanta violencia de género?
No existe una única causa
La violencia contra las mujeres no aparece por un único motivo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), intervienen factores individuales, familiares, comunitarios y sociales. Una de sus causas estructurales es la desigualdad de género, pero existen además otros factores que pueden aumentar el riesgo de que aparezcan comportamientos violentos.
Uno de ellos es la necesidad de control. La violencia puede estar relacionada con comportamientos mediante los cuales una persona intenta controlar a su pareja: decidir con quién puede relacionarse, dónde puede ir, cómo debe comportarse o qué puede hacer.
También influyen determinadas creencias que justifican la desigualdad o la violencia. Pensar que los celos son una demostración de amor, que una pareja tiene derecho a controlar al otro o que una mujer debe obedecer a su pareja son ideas que pueden contribuir a normalizar comportamientos que no tienen nada de normales.
La violencia no empieza necesariamente con una agresión física
A veces pensamos en violencia únicamente cuando existe una agresión física, pero puede comenzar mucho antes.
Controlar constantemente el teléfono móvil, aislar a una persona de sus amigos y familiares, menospreciarla, amenazarla, controlar su forma de vestir o decidir continuamente dónde puede estar también son comportamientos de control.
La OMS incluye precisamente los comportamientos controladores dentro de la violencia de pareja.
Por eso es tan importante aprender a identificar estas señales. Una relación sana no debería basarse en el miedo, el control o la obligación de dar explicaciones constantemente.
¿Influyen la infancia y el entorno?
La respuesta es sí, aunque debemos tener cuidado con este punto.
La OMS señala que haber sufrido maltrato durante la infancia o haber presenciado violencia familiar puede estar asociado con un mayor riesgo de ejercer o sufrir violencia posteriormente. También aparecen entre los factores asociados determinadas actitudes que justifican la violencia y el consumo nocivo de alcohol.
Pero esto no significa que una persona que haya vivido violencia vaya a convertirse automáticamente en agresora.
Tampoco podemos explicar un caso simplemente diciendo que alguien tenía problemas psicológicos, bebía alcohol o consumía drogas. Estos factores pueden estar relacionados con un mayor riesgo en determinadas circunstancias, pero no convierten a una persona en violenta de manera inevitable ni justifican sus actos.
La responsabilidad de ejercer violencia corresponde a quien la ejerce.
Los hijos también son víctimas de sus consecuencias
Cuando existe violencia dentro de una familia, los hijos también pueden sufrir sus consecuencias, incluso cuando no son directamente agredidos.
Pueden experimentar miedo, inseguridad, ansiedad, problemas para dormir o dificultades para afrontar lo ocurrido. La OMS señala que la violencia de pareja también afecta a la salud y al bienestar de los hijos.
Por eso, cuando ocurre una tragedia como la mencionada al principio, no debemos olvidar a los menores que quedan detrás. Perder a los padres ya supone un golpe enorme; hacerlo además en circunstancias violentas puede hacer todavía más necesario el acompañamiento psicológico y familiar.
Prevenir también es educar
La violencia de género no se combate únicamente cuando ya se ha producido una agresión. La prevención comienza mucho antes.
Hay que enseñar desde edades tempranas qué significa tener una relación basada en el respeto, la libertad y la igualdad. También debemos aprender a reconocer los comportamientos de control y entender que los celos no son una prueba de amor.
Una discusión puede formar parte de cualquier relación. La violencia no.
En definitiva, preguntarnos por qué se produce la violencia de género no significa buscar excusas para quien la ejerce. Significa intentar comprender los factores que pueden favorecerla para poder prevenirla.
Porque detrás de cada caso hay personas que sufren y, en muchas ocasiones, familias enteras cuyas vidas cambian para siempre.
La educación, la prevención, la detección temprana y el apoyo a las víctimas son herramientas fundamentales para intentar evitar que sigamos llegando demasiado tarde.
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