Introducción
El 19 de agosto de 1996, durante los Juegos Paralímpicos de Atlanta, viví uno de los momentos más importantes de mi vida. Han pasado ya treinta años desde aquel día, pero lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer.
Con solo 30 años conseguí mi primera medalla de plata en unos Juegos Paralímpicos y batí el récord de España en los 200 metros lisos, una marca que, treinta años después, continúa vigente.
Hoy, con 60 años, miro atrás con orgullo y agradecimiento por todo lo que el deporte me ha permitido vivir.
Trece años de esfuerzo y sacrificio
Aquellas medallas no fueron fruto de la casualidad. Detrás había casi trece años de entrenamientos, sacrificio, constancia y muchas horas de trabajo.
Como cualquier deportista, tuve momentos difíciles, lesiones y días en los que parecía imposible seguir adelante. Sin embargo, nunca perdí la ilusión por mejorar y competir al máximo nivel.
Con el paso de los años he comprendido que aquellos logros fueron la recompensa a la perseverancia y al esfuerzo realizado durante mucho tiempo.
Una lesión antes de los Juegos
Poco antes de viajar a Atlanta sufrí uno de los momentos más complicados de mi carrera deportiva.
Durante una concentración con la selección española me fracturé el radio del codo. Fueron días de mucha incertidumbre. Incluso existió la posibilidad de que tuvieran que operarme y de no poder participar en los Juegos Paralímpicos.
Afortunadamente, la recuperación evolucionó favorablemente y pude competir.
Tres medallas de plata y dos récords de España
La participación en Atlanta superó todas mis expectativas.
Conseguí tres medallas de plata en las pruebas de:
- 100 metros lisos.
- 200 metros lisos.
- 400 metros lisos.
Además, establecí dos récords de España:
- 100 metros: 13,23 segundos.
- 200 metros: 27,04 segundos.
Lo que más ilusión me hace es que, tres décadas después, ambas marcas continúan vigentes.
Lo que el deporte me enseñó
Más allá de las medallas, el deporte me enseñó valores que sigo aplicando en mi vida diaria.
Aprendí que los objetivos importantes requieren paciencia, trabajo y constancia. También comprendí que los obstáculos forman parte del camino y que rendirse nunca es la mejor opción.
Esa mentalidad me ha acompañado en muchos otros aspectos de mi vida.
Mi mayor orgullo
Con el paso del tiempo han cambiado muchas cosas.
He formado una familia junto a mi pareja, que también tiene parálisis cerebral, y tenemos una hija que ya tiene 12 años. También he trabajado y he intentado llevar una vida lo más normalizada posible.
Espero que, cuando mi hija sea mayor y vea todas las medallas, trofeos y recuerdos de aquella etapa, pueda sentirse orgullosa de su padre. Pero, sobre todo, me gustaría que entendiera que detrás de cada medalla hubo años de esfuerzo, sacrificio y superación.
La discapacidad no marca los límites
Tener parálisis cerebral nunca me ha impedido luchar por mis metas.
He comprobado que, con esfuerzo y oportunidades, una persona con discapacidad puede alcanzar objetivos que en ocasiones parecen inalcanzables.
A lo largo de mi vida he tenido dificultades, como cualquier otra persona, pero siempre he intentado afrontarlas con la misma actitud que tenía cuando competía en la pista.
Conclusión
Treinta años después de aquellos Juegos Paralímpicos sigo recordando Atlanta con enorme cariño.
Las medallas son un recuerdo maravilloso, pero el mayor premio ha sido todo lo que el deporte me enseñó: disciplina, perseverancia, capacidad de superación y confianza en uno mismo.
Si algo he aprendido es que los sueños no se consiguen de un día para otro. Se alcanzan paso a paso, con trabajo, constancia y sin dejar de creer en uno mismo.
Actualizado: julio de 2026.
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