La mente de las personas es muy complicada, al igual que nuestro cerebro. Durante el día podemos tener muchísimos pensamientos diferentes y, en ocasiones, todos parecen aparecer al mismo tiempo.
Pensamos en el trabajo, en la familia, en nuestros problemas, en el futuro, en las cosas que tenemos pendientes y también en situaciones que ocurrieron hace tiempo.
Cuando se acumulan demasiados pensamientos, podemos sentir que tenemos un auténtico caos en nuestra cabeza.
Y entonces aparece una pregunta: ¿qué hacemos con todos esos pensamientos?
No todos nuestros pensamientos son iguales
Nuestra mente puede producir pensamientos positivos, negativos, preocupaciones, recuerdos, dudas o simplemente ideas que aparecen sin que las hayamos buscado.
Por eso no podemos controlar absolutamente todo lo que pensamos.
Lo que sí podemos intentar controlar es qué pensamientos alimentamos y cuánto tiempo permanecemos atrapados en ellos.
Un pensamiento negativo puede aparecer en cualquier momento. El problema surge cuando comenzamos a darle vueltas una y otra vez hasta convertirlo en el centro de nuestra atención.
Por ejemplo, cometer un error puede llevarnos a pensar: «me he equivocado».
Eso es un hecho.
Pero podemos convertirlo en algo mucho más negativo si empezamos a pensar: «siempre hago todo mal», «nunca conseguiré hacer las cosas bien» o «no sirvo para nada».
La situación inicial es la misma, pero nuestra manera de interpretarla ha cambiado.
Ser positivo no significa ignorar los problemas
A veces pensamos que una persona positiva es alguien que siempre está contento y nunca tiene pensamientos negativos.
Pero eso no es realista.
Todos podemos tener días malos, preocuparnos, sentir tristeza, enfadarnos o pensar que las cosas no están saliendo como esperábamos.
Yo mismo intento ver las cosas de una manera positiva, pero también tengo momentos en los que no puedo evitar verlas de una forma más negativa.
Y creo que eso es completamente humano.
La cuestión no está en obligarnos a pensar que todo es maravilloso cuando tenemos un problema.
Se trata de intentar buscar una salida sin quedarnos atrapados únicamente en lo negativo.
Podemos aprender a cambiar nuestra manera de pensar
Cuando aparece un pensamiento negativo, podemos intentar hacernos algunas preguntas.
¿Es realmente cierto lo que estoy pensando? ¿Estoy exagerando la situación? ¿Existe otra manera de interpretarla? ¿Qué puedo hacer para mejorarla?
A veces simplemente cambiar la forma de plantearnos un problema puede ayudarnos.
No podemos controlar todo lo que ocurre en nuestra vida, pero sí podemos trabajar nuestra manera de afrontar determinadas situaciones.
Y eso puede marcar una diferencia importante.
Cuidado con exigirnos estar siempre bien
También hay que tener cuidado con la idea de que debemos ser positivos todo el tiempo.
No pasa nada por reconocer que estamos cansados, preocupados o pasando por un momento complicado.
Intentar ocultar continuamente las emociones negativas tampoco es una solución.
Podemos aceptar que estamos teniendo un mal día y, al mismo tiempo, recordar que un día malo no significa que toda nuestra vida sea mala.
Las emociones difíciles también forman parte de la vida.
Una mente más despejada
Cuando conseguimos dejar de dar vueltas continuamente a los mismos pensamientos, podemos sentir que nuestra mente está algo más despejada.
Esto no significa que desaparezcan todos nuestros problemas.
Significa que dejamos de añadir preocupaciones innecesarias a los problemas que ya existen.
La vida ya puede ser bastante complicada como para hacerla todavía más difícil con pensamientos que nos hacen sentir peor.
Por eso puede ser útil intentar centrarnos en aquello que sí podemos cambiar y aceptar que hay cosas que no dependen de nosotros.
Buscar el lado positivo
Ser positivo no significa vivir en un mundo de fantasía.
Significa intentar encontrar alguna posibilidad incluso cuando las cosas no salen como esperábamos.
A veces el lado positivo no consiste en que el problema desaparezca. Puede estar simplemente en aprender algo de lo ocurrido, pedir ayuda, empezar de nuevo o descubrir que somos capaces de afrontar una situación que pensábamos que no podríamos superar.
Nuestra mente es compleja y no podemos elegir todos los pensamientos que aparecen en ella.
Pero podemos aprender a observarlos, cuestionarlos y decidir cuáles queremos alimentar.
No se trata de ver la vida siempre de color blanco ni de negar que existe el negro. Se trata de recordar que entre ambos hay muchos matices.
La vida tiene momentos buenos y momentos malos.
Y quizá la clave no sea conseguir que nuestra mente piense siempre en positivo, sino aprender a no dejar que los pensamientos negativos ocupen todo el espacio.
Una mente más tranquila no hace desaparecer los problemas, pero puede ayudarnos a afrontarlos de otra manera.
Y eso ya puede cambiar mucho nuestra forma de vivir.
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